sábado, 8 de septiembre de 2007

Lunares

Reviso debajo de mi cama una y otra vez, con una lupa, con la linterna del celular, con el matamoscas. De pequeño, pedías a tu padre que te asegurara que en la noche no saldría ningún fantasma a ahogarte con la almohada. Temía por mi inhalador. Ahora ya no lo uso, pero los verugos siguen visitándome. Son blancos y de cabeza redonda y arman un revuelo bárbaro cuando están de más de a tres. (¿por qué verugos?,¿por qué blancos?). En nuestro reciente encuentro peleé casi hasta el último aliento, mientras intentaban arrancarme la piel de la espalda, con sus guantes sedosos.
Fue mi madre quien descubrió los dos enormes lunares en mi omóplato derecho. Eran esferas perfectas, con cierto relieve, de un marrón que se aclaraba hacia el centro hasta volverse blanco. El médico dijo que no eran benignos, pero mi hermana insistía que los habían colocado los verugos. Normalmente los adolescentes se toman estas cosas en broma, pero ella se había llevado un buen susto una mañana. Con el cepillo de la escoba enganchó uno de los guantes. La gente se resiste a creer en aquello que no puede ver y, cuando lo ve, se niega a reconocer que lo vio.
Con la fauna marina ocurre lo mismo. Basta mirar a un indefenso pececillo que se niega a reconocer que lo que hay delante suyo no es un alga sino un Sargazo y no alcanza siquiera a despedirse del mundo antes de entrar en la oscura mandíbula. También la luna atraviesa por esta suerte de engaño. Siempre presumiendo de ser blanca, cuando por algún extraño fenómeno aparece amarillenta y casi tocando el mar, nadie cree que sea ella.
Tenemos una obsesión por el tamaño de los lunares. Si son grandes, porque pueden ser malos; si son pequeños, porque no se lucen. Hay cantantes que se hicieron a la fama no precisamente por su música, sino por sus manchitas marrones. Lo que es moda no incomoda, según el dicho. Yo prefiero ir a la contra. Me niego a tener lunares y a quemármelos con hidrógeno congelado, como aconseja el médico. Una vieja curandera le dijo a mi hermana que le pidiera a la luna el milagro. Debía esperar hasta enero. Entonces, buscaría una habitación con la cama junto a la ventana, me arrodillaría a un costado y, mirando a la enorme esfera blanca, le recitaría: “Hay luna de enero, mis lunares quieren que mueras tú y vivan ellos. Pero yo quiero que vivas tú y mueran ellos”. Me desperté sobre la cama, las piernas apoyadas en el suelo. No quise abrir los ojos. Tanteé mi omóplato derecho: los relieves redondos ya no están. Por suerte desistí de la idea de tatuarme.

1 comentario:

Natilla dijo...

Los verugos son tuyos pelusa! y te visitaban abajo de la cama (creo). Los verugos merecen un capítulo aparte, espero verlo.