Llegué a la parada sin aliento y con un punzante dolor en el tobillo derecho, por haber esquivado un pozo. Le hice señas al bus con el índice, mientras buscaba el cambio en el bolsillo de la chaqueta. Era lunes, salía del trabajo con terrible mal humor. Como siempre el 370 con destino al Cerro iba repleto hasta el penúltimo escalón de la puerta delantera. Entre un empujón de un lado y un bolsazo del otro, estiré la mano al guarda para pagar el boleto, cuando noté en su rostro una extraña sonrisa. Pensé que se reía de mí. Pero a otros pasajeros también les sonreía. No sé si se acordaba de una picardía de la infancia o tenía algún problema en la dentadura que le obligaba a estirar los labios. Comenzó a irritarme. Más aún cuando, al quedar espacio en el pasillo, me pidió que me corriera con el mismo gesto idiota de su boca y acotó: “Mirá que la señora no muerde”. Me hacía acordar al Guasón del dibujito de Batman (con el que me castigaba de niña): el monumento al imbécil con su bocaza risueña que invitaba a tirarle con una piedra. Todo quedó claro cuando subió un gordo narigón, el guarda que relevaría al que se había tragado un payaso. Se abrazaron y dieron un beso muy sospechoso (siempre pensé el Pingüino era la pareja del Guasón). Ya cerca de la puerta, ante el espectáculo de cariño, la que empezó a reírse fui yo. Me costó caro. El Guasón se enojó y su amigo el Pingüino le dio instrucciones al chofer. Me abrieron la puerta trasera dos paradas después de donde debía bajarme.
martes, 4 de septiembre de 2007
Guarda con el Guasón
Llegué a la parada sin aliento y con un punzante dolor en el tobillo derecho, por haber esquivado un pozo. Le hice señas al bus con el índice, mientras buscaba el cambio en el bolsillo de la chaqueta. Era lunes, salía del trabajo con terrible mal humor. Como siempre el 370 con destino al Cerro iba repleto hasta el penúltimo escalón de la puerta delantera. Entre un empujón de un lado y un bolsazo del otro, estiré la mano al guarda para pagar el boleto, cuando noté en su rostro una extraña sonrisa. Pensé que se reía de mí. Pero a otros pasajeros también les sonreía. No sé si se acordaba de una picardía de la infancia o tenía algún problema en la dentadura que le obligaba a estirar los labios. Comenzó a irritarme. Más aún cuando, al quedar espacio en el pasillo, me pidió que me corriera con el mismo gesto idiota de su boca y acotó: “Mirá que la señora no muerde”. Me hacía acordar al Guasón del dibujito de Batman (con el que me castigaba de niña): el monumento al imbécil con su bocaza risueña que invitaba a tirarle con una piedra. Todo quedó claro cuando subió un gordo narigón, el guarda que relevaría al que se había tragado un payaso. Se abrazaron y dieron un beso muy sospechoso (siempre pensé el Pingüino era la pareja del Guasón). Ya cerca de la puerta, ante el espectáculo de cariño, la que empezó a reírse fui yo. Me costó caro. El Guasón se enojó y su amigo el Pingüino le dio instrucciones al chofer. Me abrieron la puerta trasera dos paradas después de donde debía bajarme.
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