Aprovecho que salí temprano del trabajo y me voy a caminar. El Sol aún brilla por el oeste, aunque su resplandor disminuye y crece la sombra del montón de tanques, antenas y chimeneas de la refinería de La Teja. No voy a Pocitos o a la punta de Trouville, no. Por eso Carla no me quiso acompañar. “Yo quiero ir a la rambla, rambla”. Cuelgo el teléfono y evito la discusión. Cebo un mate y pienso para mis adentros que la de los accesos a Montevideo y las playas de contenedores del puerto también es parte de la rambla, aunque la mayoría de los montevideanos no la tengan en cuenta. Quizá por eso mismo el cadáver de la joven Jessica Salvatierra (16) pasó 66 días flotando en la bahía de Montevideo, sobre un colchón y con las manos atadas con un alambre. Vuelvo a cebarme otro mate. La base del Cerro se confunde ya con el agua. Un cúmulo de nubes se dispersa al alejarse de la cumbre. Una bandada de gaviotas sobrevuela la zona por unos instantes. La sirena ensordecedora de un barco que se aproxima a tierra suena junto con la alarma de mi reloj. Camino por la vereda al costado del puente sobre el pantanoso, el mismo bajo el que se halló el cadáver. Siento pasos a mis espaldas. Vibra un celular que no es el mío. Apuro el paso. Hay viento, cada vez más. Corro. Corro más rápido, sin mirar hacia atrás. Yo tampoco creo que esta parte de la rambla sea segura.
martes, 28 de agosto de 2007
Mejor malo desconocido...
Aprovecho que salí temprano del trabajo y me voy a caminar. El Sol aún brilla por el oeste, aunque su resplandor disminuye y crece la sombra del montón de tanques, antenas y chimeneas de la refinería de La Teja. No voy a Pocitos o a la punta de Trouville, no. Por eso Carla no me quiso acompañar. “Yo quiero ir a la rambla, rambla”. Cuelgo el teléfono y evito la discusión. Cebo un mate y pienso para mis adentros que la de los accesos a Montevideo y las playas de contenedores del puerto también es parte de la rambla, aunque la mayoría de los montevideanos no la tengan en cuenta. Quizá por eso mismo el cadáver de la joven Jessica Salvatierra (16) pasó 66 días flotando en la bahía de Montevideo, sobre un colchón y con las manos atadas con un alambre. Vuelvo a cebarme otro mate. La base del Cerro se confunde ya con el agua. Un cúmulo de nubes se dispersa al alejarse de la cumbre. Una bandada de gaviotas sobrevuela la zona por unos instantes. La sirena ensordecedora de un barco que se aproxima a tierra suena junto con la alarma de mi reloj. Camino por la vereda al costado del puente sobre el pantanoso, el mismo bajo el que se halló el cadáver. Siento pasos a mis espaldas. Vibra un celular que no es el mío. Apuro el paso. Hay viento, cada vez más. Corro. Corro más rápido, sin mirar hacia atrás. Yo tampoco creo que esta parte de la rambla sea segura.
viernes, 24 de agosto de 2007
Ventarrón de recuerdos
Por suerte hace dos años y un día salí temprano de facultad. Pero el cataclismo se veía venir en el horizonte. Gente corriendo por las calles, cables de electricidad sacudiéndose literalmente por los aires, baldazos cayendo del cielo, árboles destruyendo parabrisas, más de medio Montevideo a la luz de la vela y unas compañeras de clase que se quedaron hasta casi media noche en la universidad a esperar que el temporal amainara.Hoy 24 de agosto de 2007 sumamos a los festejos de la Noche de la Nostalgia nuestras reminiscencias de aquella terrible e inigualable tempestad. En realidad los únicos verdaderamente marcados por la experiencia fueron los heridos y quienes tuvieron familiares fallecidos en accidentes.
Para el resto (más de 400.000 uruguayos) esta noche es para disfrutar, como decía la letra de la canción de Los Náufragos: “De boliche en boliche”. Desde Hard day`s night hasta las cumbias de Gilda, de adolescentes a sexagenarios, todos se ventilan al compás de las melodías que marcaron su época. Hoy se puede ser nostálgico incluso escuchando un toque de los ex Estómagos.
Y no sólo del dancing vive la memoria. Si no pensemos en dibujitos animados como Heidi y su abuelito que vivía en la montaña, Frutillitas y las muñecas con perfumes frutales en el pelo, Chip & Dale, los ositos Gummie`s. Cómo olvidar los infaltables Tico Tico o las Canicas de Pernigotti de la merienda escolar, los chupa chupa con forma de pie y polvito en un sobre para mojar el caramelo y hacer crujir la lengua con las chispitas. Con mis veinte y pocos años asumo mi “nostalgia” con mucha gracia, tanto que esta noche saldré a barrer la pista con mis padres. ¿Por qué no?, si del recuerdo vive el hombre y, a fin de cuentas, ¿quién me quitará lo bailado?
martes, 21 de agosto de 2007
Quiero ser pelusa
De pequeña mi tío por línea materna solía decirme “pelusa” ya que todo lo que cubría mi cabeza era un mechoncito de pelo negro. Era el único que me llamaba así, y al único a quien, ya crecida, se lo sigo permitiendo. No es demasiado alentador que a uno lo apoden “pelusa”, en especial si se atiende a las primeras acepciones que aparecen en el diccionario: (Del despect. de pelo) “Vello tenue que aparece en la cara de las personas y en el cuerpo de los polluelos de algunas aves” (¡vaya si sufren su ausencia en invierno las mujeres depiladas!); “aglomeración de polvo y suciedad que se forma generalmente debajo de los muebles” (se aplica igualmente a los funcionarios públicos, sólo que detrás de los muebles). Con el tiempo, sin embargo, uno aprende que un apodo como ese puede ser tan positivo como otras acepciones: “Pelo menudo que se desprende de las telas” (algo similar a lo que nos pasa a los jóvenes cuando nos vamos de casa); “vello que rodea el ombligo” (esta es buena para los egocéntricos).Modestia aparte creo que todo aquel que, como yo, aspire a ser periodista debe comportarse un poco como una pelusa. Algo similar al dicho de “sos como la mugre”, la pelusa también se halla en todos lados y hasta en los rincones más insólitos. Sin pelusa no habría amas de casa o limpiadoras dispuestas a comprar aspiradoras. Sin periodistas- pelusa no habría lectores animados a leer diarios. Por eso no me importa que mi tío me siga llamando “pelusa”. Y, de hecho, no me falta demasiado para volver a lo que fui veinte tantos años atrás si mis pelos siguen tapando el desagüe de la ducha cada vez que me lavo la cabeza.
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