—Flaca, ¿no tenés una moneda para el boleto? Nos tenemos que volver para Cerillos y no tenemos nada.Tanteé en mis bolsillos. La cuadra de Salto estaba oscura, no pasaba ni un transeúnte
—No.
—Dale flaca, ¡mirá los championes que tenés!
—Los championes, ¿qué? —le retruqué enojada.
—Bueno, loca —me indicó el más bajo de los dos, que tenía el pelo pintado de amarillo —vamo a hacerla fácil: No grites, no corras, no te muevas. Dame toda la plata que tengas.
Y, milagrosamente, por primera vez en la vida fui víctima de un robo en el que yo misma me entregué. Porque ninguno de los dos muchachos (no tendrían más de 16-17 años) ni me tocaron, sólo me hicieron abrir la mochila, abrir el monedero y darles la plata en la mano. Y luego, mientras se alejaban (“No nos vayas a seguir”, me advirtieron), y llamé a casa a mi padre para avisarle que me tomaba un taxi y que me esperara en la puerta del edificio con dinero (no me dejaron ni cambio para el boleto), me daba manija con lo que había pasado, con mi actitud. Y me vino a la mente una pregunta socarrona que el malintencionado y celoso suegro de un amigo le hizo a mi amigo: A vos, ¿te abomba el Sol?





