martes, 25 de septiembre de 2007

¿Te abomba el Sol?

—Flaca, ¿no tenés una moneda para el boleto? Nos tenemos que volver para Cerillos y no tenemos nada.
Tanteé en mis bolsillos. La cuadra de Salto estaba oscura, no pasaba ni un transeúnte
—No.
—Dale flaca, ¡mirá los championes que tenés!
—Los championes, ¿qué? —le retruqué enojada.
—Bueno, loca —me indicó el más bajo de los dos, que tenía el pelo pintado de amarillo —vamo a hacerla fácil: No grites, no corras, no te muevas. Dame toda la plata que tengas.
Y, milagrosamente, por primera vez en la vida fui víctima de un robo en el que yo misma me entregué. Porque ninguno de los dos muchachos (no tendrían más de 16-17 años) ni me tocaron, sólo me hicieron abrir la mochila, abrir el monedero y darles la plata en la mano. Y luego, mientras se alejaban (“No nos vayas a seguir”, me advirtieron), y llamé a casa a mi padre para avisarle que me tomaba un taxi y que me esperara en la puerta del edificio con dinero (no me dejaron ni cambio para el boleto), me daba manija con lo que había pasado, con mi actitud. Y me vino a la mente una pregunta socarrona que el malintencionado y celoso suegro de un amigo le hizo a mi amigo: A vos, ¿te abomba el Sol?

martes, 18 de septiembre de 2007

Apuesta, apuesto, ¿apostamos?

Quien no apuesta no gana te dicen siempre. Pero mis amigos se han apostado el salario entero y pierden siempre. O, a lo sumo, ganan $20 que luego gastan en el boleto de vuelta a sus casas.
—Hay mejores maneras de malgastar el dinero — les aconsejo de vez en cuando.
—Nadie apostaba por los futbolistas uruguayos en la tarde de Río de Janeiro, aquel 16 de julio de 1950. ¡Pero la celeste ganó! —me retruca siempre el que lleva la voz cantante en el Black Jack. Su novia prometió dejarlo si se juega los ahorros para la fiesta de compromiso. Albert Einstein decía que la única forma de ganar dinero en la ruleta es robarlo de la mesa. Tal vez mi amigo recurra a este método para salvar su futuro matrimonio. Todo es una apuesta en este mundo, ya lo canta el Canario Luna: “…es timba comprar barato en una liquidación, es timba llamar al service para la televisión, es timba salir con ella si recién la conocés y es timba cuando ella dice: hoy dejá no te cuides”.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Primeras diez palabras

Sábado de noche. Ocho chicas de entre 20 y 25 años festejamos el cumpleaños de una amiga. Con un par de cervezas y una muzzarella comenzamos la maratón de lengua. ¡Hace meses que no nos vemos! Pero lo esencial no ha cambiado: “Yo, sola como siempre”; “dejé hace tres meses”; “mejor sola, que mal acompañada”; “todos los hombres son iguales”. De la cerveza pasamos al clericó, un vodka con Fanta, un Gin con Pomelo y un Martini bianco. Finalizando nuestro encuentro, brindis por la cumpleañera de por medio, nuestro infaltable ritual de los M & M: cada una por turnos saca un maní del paquete. Nuevamente, a ninguna le toca el color rojo. El próximo año, ¡otra vez solteras! De pronto, con un flash fotográfico, la respuesta a nuestros males. Un cuadro de VAT 69 a nuestras espaldas versa: “Si no haces reír a una mujer con tus primeras 10 palabras, no sigas hablando”.

martes, 11 de septiembre de 2007

Con el pie mojado

¿Quién no sufrió alguna vez una (o varias) de estas experiencias en un día de lluvia? (¡y no precisamente por levantarse con el pie izquierdo!):

1. Te despertás y te das cuenta de que la ventana se abrió en la noche, el agua entró por las rendijas de la persiana y se te empapó la mesita de luz (Jodete por desgraciado/a)
2. Te bañás, te vestís y cuando te vas a calzar, comprobás que los únicos zapatos de goma que tenés (o las únicas botas) para estos casos, ¡están sucias! (Vale limpiarlas alguna vez, ¡roñoso/a!)
3. Ya listo/a para salir, te ponés el pilot o la gabardina, mientras agarrás las llaves colgadas en la pared y cuando estirás el brazo te percatás del vergonzoso agujero que tiene en la axila. (No seas codito, ¡comprate uno/a nuevo/a!)
4. Irritado/a como para encender un fósforo si te lo acercan, salís a la calle, abrís el paraguas y al llegar a la esquina, una ráfaga del Pampero te deja perplejo: te quedás con el mango en la mano, una varilla enganchada del pelo y la tela, colgando de un árbol. (Mejor te mojabas, ¿no?)
5. Tirás el mango del paraguas a la mierda y comenzás a caminar hacia tu objetivo (el bus, el garaje, el auto, la oficina, el colegio, la facultad). Pero el día aún puede ser más gris...Pisás una baldoza floja y el salpicón te embarra media pierna del jean que más te gusta. (Eso es por andar distraído/a y por usar lo más nuevo que tenés)
6. Llegás a la oficina, la facultad, la mutualista, o donde quiera que vayas y te das cuenta que tu mochila, bolso, cartera, portafolio estaba agujereado o roto y que el agua se filtró, mojando parte de billetera, bufanda, el buzo que te sacaste por el calor húmedo, tu diario íntimo, tus papeles.
7. Por suerte se acaba la jornada, volvés a casa, , con los pies helados por pasar todo el día mojado hasta la manija, a pesar de haber llevado paraguas y gabardina. Pero el día aún puede ser más gris, ¡si señor!: Prendés la TV para ver las noticias (que ya están por terminar) y ves al Pingüinesco anunciando que ¡toda la semana será igual! (Para estos casos sirve un buen amigo doctor, que te garabatee un certificado médico).

sábado, 8 de septiembre de 2007

Lunares

Reviso debajo de mi cama una y otra vez, con una lupa, con la linterna del celular, con el matamoscas. De pequeño, pedías a tu padre que te asegurara que en la noche no saldría ningún fantasma a ahogarte con la almohada. Temía por mi inhalador. Ahora ya no lo uso, pero los verugos siguen visitándome. Son blancos y de cabeza redonda y arman un revuelo bárbaro cuando están de más de a tres. (¿por qué verugos?,¿por qué blancos?). En nuestro reciente encuentro peleé casi hasta el último aliento, mientras intentaban arrancarme la piel de la espalda, con sus guantes sedosos.
Fue mi madre quien descubrió los dos enormes lunares en mi omóplato derecho. Eran esferas perfectas, con cierto relieve, de un marrón que se aclaraba hacia el centro hasta volverse blanco. El médico dijo que no eran benignos, pero mi hermana insistía que los habían colocado los verugos. Normalmente los adolescentes se toman estas cosas en broma, pero ella se había llevado un buen susto una mañana. Con el cepillo de la escoba enganchó uno de los guantes. La gente se resiste a creer en aquello que no puede ver y, cuando lo ve, se niega a reconocer que lo vio.
Con la fauna marina ocurre lo mismo. Basta mirar a un indefenso pececillo que se niega a reconocer que lo que hay delante suyo no es un alga sino un Sargazo y no alcanza siquiera a despedirse del mundo antes de entrar en la oscura mandíbula. También la luna atraviesa por esta suerte de engaño. Siempre presumiendo de ser blanca, cuando por algún extraño fenómeno aparece amarillenta y casi tocando el mar, nadie cree que sea ella.
Tenemos una obsesión por el tamaño de los lunares. Si son grandes, porque pueden ser malos; si son pequeños, porque no se lucen. Hay cantantes que se hicieron a la fama no precisamente por su música, sino por sus manchitas marrones. Lo que es moda no incomoda, según el dicho. Yo prefiero ir a la contra. Me niego a tener lunares y a quemármelos con hidrógeno congelado, como aconseja el médico. Una vieja curandera le dijo a mi hermana que le pidiera a la luna el milagro. Debía esperar hasta enero. Entonces, buscaría una habitación con la cama junto a la ventana, me arrodillaría a un costado y, mirando a la enorme esfera blanca, le recitaría: “Hay luna de enero, mis lunares quieren que mueras tú y vivan ellos. Pero yo quiero que vivas tú y mueran ellos”. Me desperté sobre la cama, las piernas apoyadas en el suelo. No quise abrir los ojos. Tanteé mi omóplato derecho: los relieves redondos ya no están. Por suerte desistí de la idea de tatuarme.

martes, 4 de septiembre de 2007

Guarda con el Guasón

Llegué a la parada sin aliento y con un punzante dolor en el tobillo derecho, por haber esquivado un pozo. Le hice señas al bus con el índice, mientras buscaba el cambio en el bolsillo de la chaqueta. Era lunes, salía del trabajo con terrible mal humor. Como siempre el 370 con destino al Cerro iba repleto hasta el penúltimo escalón de la puerta delantera. Entre un empujón de un lado y un bolsazo del otro, estiré la mano al guarda para pagar el boleto, cuando noté en su rostro una extraña sonrisa. Pensé que se reía de mí. Pero a otros pasajeros también les sonreía. No sé si se acordaba de una picardía de la infancia o tenía algún problema en la dentadura que le obligaba a estirar los labios. Comenzó a irritarme. Más aún cuando, al quedar espacio en el pasillo, me pidió que me corriera con el mismo gesto idiota de su boca y acotó: “Mirá que la señora no muerde”. Me hacía acordar al Guasón del dibujito de Batman (con el que me castigaba de niña): el monumento al imbécil con su bocaza risueña que invitaba a tirarle con una piedra. Todo quedó claro cuando subió un gordo narigón, el guarda que relevaría al que se había tragado un payaso. Se abrazaron y dieron un beso muy sospechoso (siempre pensé el Pingüino era la pareja del Guasón). Ya cerca de la puerta, ante el espectáculo de cariño, la que empezó a reírse fui yo. Me costó caro. El Guasón se enojó y su amigo el Pingüino le dio instrucciones al chofer. Me abrieron la puerta trasera dos paradas después de donde debía bajarme.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Mi amigo el birrodado


Las motos: he aquí la nueva moda urbana de la República Oriental del Uruguay. Los uruguayos se lucen en sus motocicletas, así como los argentinos se lucen en sus Ford Rangers. El birrodado motorizado es el mejor amigo del uruguayo. Sirve para trabajar, pasear, llevar a los chicos al colegio, hacer las compras o levantarse a alguna chica.
A la salida del súper, en las plazas y los estacionamientos céntricos he visto miles de modelos de motos: utilitarias, con canasto, sin canasto, gigantes como las Harley Davidson o antiguas como la motoneta de mi abuelo. Y no necesitan de las estructuras semicilíndricas de hierro que se usan para estacionar las bicis. Cualquier espacio mínimo sobre la vereda, como para apoyar la pata de la moto está bien o, en su defecto, un muro contra el que recostarla. ¡Si hasta le han agregado un pequeño motor a las bicis, para sustituir el pedaleo!, no sea cosa que nos cansemos demasiado. ¡Viva el moskito!
Sólo en 2006, las principales importadoras de motos (Deceleste y Motociclo) facturaron 45 millones de dólares. O sea que han ganado apenas 5 millones más que lo que se destinó en el presupuesto nacional para el famoso Plan de Emergencia. El dato es particularmente curioso porque, si bien hay de los que gastan 2.000 dólares en una Honda, hay también de los que destinan $200 de su sueldo mínimo nacional (de $3.075 ) en una Scooter que usan, por turnos, todos los miembros de la familia, hasta que las cubiertas ya no se pueden inflar. Entonces venden la chatarra por unos pocos pesos para comida. Una motito barata, usada de esa forma, puede ser mejor negocio que vender ropa usada en Tristán Narvaja.
Y no sólo para los pobres. También para los “coditos” (las tres cuartas partes de los uruguayos) la moto representa una buena inversión. El dinero que una persona gasta en transporte colectivo durante dos años, con un promedio de 40 boletos al mes ($600), alcanza para comprar una Street de 110 cc.
Pero no todo va en lo económico. El birrodado ayuda a la vez a estar en forma: ejercita los pulmones al respirar el aire que sopletea de frente, saca músculos en los brazos y, en el mejor de los casos, nos arrima hasta el gimnasio.
Uruguay hace deporte gracias a la moto. Según cifras del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, el parque de motos en este país alcanza las 473.967 unidades. Quién sabe, tal vez, en breve, sustituiremos la tradicional Vuelta Ciclista por la “Vuelta motista”.